El trabajo de cuidados en tiempos del Covid
Adriana Figueroa es experta en temas de equidad de género; orgullosamente colaboradora de Masiosare. En esta entrega nos devela cómo, la cuarentena no sólo implica violencia física o psicológica, sino también estructural contra las mujeres
Por: Adriana Figueroa, Visitas: 1703
El año 2019 -especialmente la segunda mitad- y los primeros meses de 2020 fue un período de intensas protestas sociales alrededor del mundo que, gradualmente, se vieron interrumpidas por la necesidad de mantenernos aisladas(os) y confinados(as) a raíz de la expansión global del Covid-19. Entre las últimas acciones realizadas antes de que la pandemia nos impusiera una nueva dinámica social, fue la que distintos colectivos feministas organizaron para de realizar un paro mundial de mujeres con el objetivo de mostrar qué implica su ausencia para el funcionamiento de la sociedad.
Pese a que por diversas circunstancias no todas las mujeres que deseaban hacer paro pudieron hacerlo, la convocatoria congregó y conectó desde la intimidad de sus hogares a millones de mujeres de todos los países que, por un día, hicieron como si no estuvieran, tal y como dejan de estar quienes son asesinadas y desaparecidas cada día. Con esta ausencia simbólica no solo se comunicó la idea de que en una estructura social que reproduce la misoginia cualquier mujer puede morir (dejar de estar) a causa de violencias machistas, sino también el plantear un escenario que permitiera pensar qué pasa con la vida cotidiana cuando las mujeres no están en ella. Quizá en el pasado paro del 9 de marzo lo más difícil para muchas mujeres no fue ausentarse de su empleo sin recibir una sanción o amenaza, sino el haberse quedado en casa sin llevar a cabo ninguna tarea de cuidados.
Al respecto, muchas teóricas y activistas feministas han reflexionado en las últimas décadas sobre el trabajo emocional y de cuidados que sustenta la vida humana y que, por razones de género, se deposita como responsabilidad de las mujeres en la misma medida como se invisibiliza y se le niega retribución económica. Se trata, grosso modo, de todas aquellas actividades catalogadas como “reproductivas”, es decir, aquellas que no producen mercancías y, por lo tanto, no se les asigna un valor de cambio. Sin profundizar en meollos y terminología económica, la realidad material de muchas de esas mujeres que hicieron paro -y de las que no también- es que a causa del confinamiento domiciliario su trabajo de cuidados se ha multiplicado de formas que quizá nunca imaginaron.
Si algo nos ha mostrado la pandemia es que tanto en el espacio público (hospitales principalmente) como en el privado, las labores de cuidados son las que soportan nuestras vidas, solo que, a diferencia del espacio público, en el privado estas labores recién empiezan a recibir un somero reconocimiento social y están a años luz de ser remuneradas como cualquier otro empleo. En estos momentos, paralelo al personal de salud, existe un ejército de miles y miles de personas -la gran mayoría mujeres- que están compartiendo la carga de trabajo del sector educativo, de salud y de servicios; existen miles de profesoras, enfermeras, psicólogas, animadoras, encargadas de limpieza, cocineras… sin nombre ni título profesional que generan las condiciones suficientes para que la estancia en casa prolongada sea funcional, aportando así sustantivamente en el aplanamiento de la curva de contagios. Sería interesante poder documentar cuántas de ellas terminarán la cuarentena con padecimientos asociados al estrés y al exceso de trabajo, pensando incluso que eso es lo mejor que podría pasarles comparado con aquellas que no llegarán con vida, y no a causa del virus, sino de haber tenido que pasar tanto tiempo en casa con sus agresores.
A la par del incremento en la carga de trabajo de las mujeres, resulta preocupante que esto se siga mirando como un asunto de la vida privada que cada una de ellas debe resolver; comentarios al estilo “a ver cómo le hace, pero se las tiene que arreglar para hacer homeoffice y estar con sus hijos en sus clases virtuales” o “si no tiene tiempo, entonces para qué tuvo hijos” comprueban que, aunque sacar adelante la vida y formar a los futuros productores sea esencial para nuestra existencia, no deja de ser una tarea considerada de segunda y cuya dimensión política nos obstinamos en negar. En lugar de exigir que esas mujeres hagan malabares para hacer como que todo sigue igual, podríamos cuestionar cuáles son las debilidades de nuestras formas de organización que permiten en tiempos de crisis (y en los que no, también) la sobreexplotación de unos sectores por encima de otros.
El diez de mayo está a la vuelta de la esquina. Dada la crisis económica, muchas ni siquiera recibirán la acostumbrada plancha o lavadora que les recordaba su lugar en el entramado social. Que la pandemia nos permita ver las sutilezas que (re)producen la vida humana porque los aplausos también ya empiezan a quedarse cortos.
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