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El camino de la vida: Genio y locura/II

El autor desarrolla una diatriba entre lo que se considera genialidad y locura, como dos formas de nombrar la excepcionalidad para así diferenciar a los comunes, a la medianía, la mediocridad

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 190

Publicado: 18/11/20 08:12

 

“Me preguntáis cómo me volví loco. Así sucedió:

“Un día, mucho antes de que nacieran los dioses, desperté de un profundo sueño y descubrí que me habían robado todas mis máscaras –sí; las siete máscaras que yo mismo me había confeccionado, y que llevé en siete vidas distintas—; corrí sin máscara por las calles atestadas de gente, gritando:

“–¡Ladrones! ¡Ladrones! ¡Malditos ladrones!

“Hombres y mujeres se reían de mí, y al verme, varias personas, llenas de espanto, corrieron a refugiarse en sus casas. Y cuando llegué a la plaza del mercado, un joven, de pie en la azotea de su casa, señalándome gritó:

“–¡Miren! ¡Es un loco!

“Alcé la cabeza para ver quién gritaba, y por vez primera el sol besó mi desnudo rostro, y mi alma se inflamó de amor al sol, y ya no quise tener máscaras. Y como si fuera presa de un trance, grité:

“–¡Benditos! ¡Benditos sean los ladrones que me robaron mis máscaras!

“Así fue que me convertí en un loco.

“Y en mi locura he hallado libertad y seguridad; la libertad de la soledad y la seguridad de no ser comprendido, pues quienes nos comprenden esclavizan una parte de nuestro ser.

Pero no dejéis que me enorgullezca demasiado de mi seguridad; ni siquiera el ladrón encarcelado está a salvo de otro ladrón”.

Jibrán Khalil Jibrán, “El Loco”

 

“¿No oísteis hablar de aquel loco que en pleno día corría por la plaza pública con una linterna encendida, gritando sin cesar: «¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!». Como estaban presentes muchos que no creían en Dios, sus gritos provocaron la risa. [...] El loco se encaró con ellos, y clavándoles la mirada, exclamó: ¿Dónde está Dios? Os lo voy a decir. Le hemos matado; vosotros y yo, todos nosotros somos sus asesinos. Pero ¿cómo hemos podido hacerlo? ¿Cómo pudimos vaciar el mar? ¿Quién nos dio la esponja para borrar el horizonte? ¿Qué hemos hecho después de desprender a la Tierra de la órbita del sol? [...]”.

F. Nietzsche, Gaya

 

Dando continuidad a nuestra segunda colaboración sobre esta temática, recuerdo a ustedes, amables lectores que me siguen, lo que Daniel narra, a diferencia de Federico Nietzsche, en el Antiguo Testamente de la Biblia, y que aparece bajo el parágrafo La Locura de Nabucodonosor (Daniel 4, Reyna Valera, 1960) que, por lo demás, G. Verdi musicalizó en la ópera Nabucco (1842).

Como narra directamente Daniel, 4:

«Yo, Nabucodonosor, estaba tranquilo en mi casa y próspero en mi palacio. Tuve un sueño que me hizo temblar; y estas fantasías, estando en mi cama, y las visiones de mi mente me aterraron. Por lo cual di órdenes que trajeran ante mí a todos los sabios de Babilonia para que me dieran a conocer la interpretación del sueño. Entonces vinieron los magos, los encantadores, los caldeos y los adivinos y les conté el sueño. Pero no pudieron darme su interpretación. Pero al fin vino ante mí Daniel, cuyo nombre es Beltsasar, como el nombre de mi dios, en quien está el espíritu de los dioses santos, y yo le conté mi sueño (…) Este es el sueño que yo, el rey Nabucodonosor, he tenido.

“Señor mío”, respondió Beltsasar. “Sea el sueño para los que lo odian a usted, y su interpretación para sus adversarios” (…) (… Años después…) se cumplió la palabra acerca de Nabucodonosor: fue echado de entre los hombres, comía hierba como el ganado y su cuerpo se empapó con el rocío del cielo hasta que sus cabellos crecieron como las plumas de las águilas y sus uñas como las de las aves (…) “Pero al fin de los días, yo, Nabucodonosor, alcé mis ojos al cielo, y recobré mi razón, y bendije al Altísimo y alabé y glorifiqué al que vive para siempre”.

Una vez que hube impuesto como exordio estas referencias algo extensas, debo recordar, para cerrar las mismas, y como una introducción al genio de Friedrich Hölderlin, lo que Stefan Zweig en su libro de biografías (La lucha contra el demonio. Hölderlin, Kleist, Nietzsche), a propósito de Hölderlin, pero no sólo de él, expresa muy claramente:

“El mundo del espíritu, mundo infinito, puede ser encerrado dentro de un círculo; a mí, por el contrario, lo que me atrae de ese vasto plan es precisamente eso: que no tiene límites, porque toca al infinito. Y así, lentamente pero con pasión, seguiré elevando ese edificio que empecé al azar, con mis manos llenas de curiosidad, en la incertidumbre del tiempo que, como un pedazo de cielo, se cierne sobre nuestra vida. Las tres épicas figuras de Hölderlin, Kleist y Nietzsche tienen extrañas afinidades en los destinos de su existencia. Los tres, arrancados de su propio ser por una fuerza poderosísima y en cierto modo ultramundana, son arrojados a un calamitoso torbellino de pasión. Los tres terminan prematuramente su vida, con el espíritu destrozado y un mortal envenenamiento en los sentidos. Los tres terminan en la locura o en el suicidio (…) Los tres pasan por el mundo cual rápido y luminoso meteoro, ajenos a su época, incomprendidos por su generación, para sumergirse después en la misteriosa noche de su misión. Ignoran adónde van; salen del Infinito para hundirse de nuevo en el Infinito y, al pasar, rozan apenas el mundo material. Domina en ellos un poder superior a su propia voluntad, un poder no humano en el que se sienten aprisionados (...) Son esclavos. Son posesos (en todo el sentido de la palabra) del poder del demonio.

Pues bien, Friedrich Hölderlin, lo muestra fehacientemente.

Friedrich Hölderlin (1770-1843), es considerado uno de los representantes de la tradición cultural alemana del siglo XIX y, como se sabe, contemporáneo de Hegel (1770-1831), Schiller (1759-1805), Beethoven (1770-1827), Schelling (1775-1854) o Goethe (1749-1843); Hölderlin es considerado, no sin razón alguna, uno de los poetas cuyas ideas, montadas  sobre un corcel que cabalgaba entre lo que distintos intelectuales han denominado el Romanticismo y el Clasicismo, pese a que se afirma que éstas anclaron en la tradición filosófica y literaria que le siguió. Aunque su magnífica creación no solo consta de poesía, hay quienes sostienen que “todo cuanto escribió se encuentra repleto de una fuerza poética en la que los conceptos de tiempo, belleza y espíritu cobran una especial importancia” (Carlos Javier González Serrano, Friedrich Hölderlin: divina locura, El vuelo de la lechuza, 01 de julio 2014).

«Tras ser “golpeado por Apolo”, como el propio Hölderlin escribía, y (… tras…) un periodo de actividad casi febril (1803-1804), la locura se apodera del poeta hasta mostrarlo, en tono y apariencia, prácticamente irreconocible frente a sus conocidos. Su amigo Sinclair, que más tarde se distanciará de él por problemas con la justicia, lo traslada en 1806 a una clínica de Tübingen, aunque no mucho tiempo después la abandonará para marchar a la casa del ebanista Ernst Zimmer, donde vivirá hasta 1843, año de su muerte». (Carlos Javier González Serrano, Friedrich Hölderlin: divina locura, El vuelo de la lechuza, 01 de julio 2014).

El propio Stefan Zweig, en el texto referido ya, en al apartado La Muerte de Empédocles, expresa:

“El siglo XIX, el nuevo siglo, no ama a sus juventudes (…) El siglo XVIII, en su sentir, perteneció a los viejos y a los sabios, a Voltaire, a Rousseau, a Leibniz y a Kant, a Haydn y a Wieland, a los calmosos y a los acomodaticios, a los hombres grandes y a los eruditos; ahora es ya el tiempo de la juventud y de la audacia, de la pasión y de la impaciencia. Ahora se lanza ya al asalto esa ola poderosa; nunca Europa, desde el Renacimiento, ha visto una más pura elevación de espíritu ni una más hermosa generación. Pero el nuevo siglo no ama a esa intrépida generación; siente miedo de su plenitud y un sordo terror ante la fuerza extática de su exuberancia. Y con la hoja de su guadaña siega sin piedad esos brotes de su propia primavera. Centenares de miles, los más valerosos, son aplastados por las guerras napoleónicas, que, como rueda de molino, asesinan y trituran durante quince años. (…) Pero, como si no quisiera destruir solamente a la juventud apta para llevar las armas, sino el mismo espíritu de esa juventud, no se limita ese furor suicida a lo guerrero, es decir, a los soldados, y la destrucción levanta su hacha sobre los soñadores y cantores, que, casi niños, han pasado los umbrales del siglo, y también sobre los efebos del espíritu, sobre los divinos poetas y sobre las figuras más sagradas. Nunca, en un espacio de tiempo tan corto, han sido sacrificados en magnífica hecatombe tantos poetas y artistas como en aquellos años del cambio de siglo, de ese siglo que Schiller saludó como un sonoro himno, sin adivinar su propio destino Nunca la adversidad ha producido cosecha tan fatal de espíritus tan puros e iluminados. Nunca humedeció el altar de los dioses tanta sangre divina (…) Múltiple es la forma de muerte, pero en todos es prematura, a todos les llega en el momento de más íntima elevación. El primero de ellos, André Chénier, con quien Francia vio nacer un nuevo helenismo, es llevado a la guillotina en la última carreta del Terror; un día, sólo un día, la noche del ocho al nueve Termidor, y se hubiera salvado de la cuchilla para volver a recogerse en su canto de pureza clásica. Pero el destino no quiere perdonarlo, ni a él ni a los otros, con su cólera codiciosa, como una hidra, destroza toda una generación. Inglaterra, después de siglos de espera, ve aparecer de nuevo un genio lirico, un adolescente de elegiacos ensueños, John Keats, ese sublime anunciador del Universo; a los veintisiete años, la fatalidad le roba el último aliento de su pecho. Un hermano en espíritu, Shelley, se asoma a su tumba, soñador, lleno de fuego (la naturaleza lo escogió como mensajero de sus arcanos más hermosos); conmovido, entona para su hermano el más magnifico canto fúnebre que un poeta ha dedicado jamás a otro, su elegia "Adonais". Dos años después, su cadáver es arrojado a la costa por una insignificante tempestad en las aguas del Tirreno. Lord Byron, amigo suyo, preciado heredero de Goethe, acude allí a encender la pira funeraria, como Aquiles encendió la de Patroclo junto a aquel mar sureño, la envoltura mortal de Shelley se eleva entre las llamas hacia el cielo de Italia -pero él, el mismo Byron, se consume por la fiebre en Missolonghi dos años después-. Sólo un decenio, y la más bella floración lirica de Francia y de Inglaterra ha quedado extinguida. Tampoco esa dura mano se torna más suave para la joven generación alemana: Novalis, cuyo devoto misticismo ha penetrado hasta los más guardados secretos de la Naturaleza, se extingue prematuramente, agotándose gota a gota, como la luz de una vela en oscura celda. Kleist se salta la tapa de los sesos en una repentina desesperación. Raimund le sigue pronto con una muerte igualmente violenta. George Buchner es aniquilado a los veinticuatro años por una fiebre nerviosa. Wilhelm Hauff, ese genio apenas abierto, ese narrador tan lleno de fantasía, está ya en el cementerio a los veinticinco años, y Schubert, alma de todos esos poetas hecha canción, expira antes de tiempo en dulce melodía. Ya es la enfermedad, con sus golpes o sus venenos, ya el suicidio, ya el asesinato, lo que bien pronto ha dado cuenta de esa joven generación. Leopardi, con su noble melancolía, se marchita en su languidez tan sombría: Bellini, el poeta de Norma, muere después de ese comienzo trágico; Gribodejov, el espíritu más claro de la Rusia nueva, es apuñalado en Tiflis por un persa. Su coche fúnebre se encuentra casualmente, allá en el Cáucaso, con Aleksandr Pushkin, ese genio ruso, aurora espiritual de su patria, pero éste no tiene mucho tiempo para llorar al muerto, sólo dos años, pues una bala lo mata en desafío. Ninguno de ellos llega a los cuarenta años, muy pocos alcanzan los treinta. Así la primavera lirica más sonora que ha conocido Europa se sumerge en la noche, y esa pléyade sagrada de jóvenes que han cantado en idiomas diversos el mismo himno a la naturaleza y al mundo la bienaventuranza, se ve deshecha y destrozada. Solitario, como Merlín en su bosque encantado, sin darse cuenta del tiempo que va pasando, ya medio olvidado, ya medio legendario, está el anciano y sabio Goethe allá en Weimar, sólo de esos ya viejos labios fluye aún, de cuando en cuando, el canto órfico. Padre y heredero, al mismo tiempo, de la nueva generación, a la que ha sobrevivido por milagro, guarda en una de bronce el fuego de la poesía (…) Uno solo de esa pléyade sagrada, el más puro de todos, se arrastra todavía largo tiempo sobre esa tierra ya sin dioses. Es Hölderlin, a quien la fatalidad ha deparado los más extraños destinos. Aún florecen sus labios, aún camina a tropezones su avejentado cuerpo por las tierras alemanas; su mirada azul se hunde todavía desde la ventana en el tan amado paisaje del Neckar. Aún puede abrir sus párpados para elevar sus ojos hacia el Padre Éter, hacia el cielo eterno, pero su espíritu ya no está despierto, sino cubierto por las nubes de un ensueño infinito. Los dioses, celosos, no han matado al que los espiaba, sino que, como a Tiresias, le han cegado la inteligencia. No han degollado a la víctima sagrada, como a Ifigenia, sino que la han envuelto en una nube para llevarla al Ponto Euxino del espíritu, a la oscuridad quimérica del sentimiento. Un espeso velo cubre su alma y su palabra Vive aun algunas decenas de años con los sentidos turbados "en divina esclavitud", desligado del mundo, extraño a sí mismo, y sólo el ritmo, como una ola, brota aun, pulverizado, en sonidos quejumbrosos, de su boca vibrante. Las primaveras florecen y se marchitan a su alrededor, pero él ya no las cuenta. En torno a él, caen y mueren los hombres, pero no repara en ello. Schiller y Goethe, Kant y Napoleón, los dioses de su juventud, hace ya tiempo le precedieron en el camino de la tumba. Los ferrocarriles trepidantes cruzan ya Alemania en todas direcciones; crecen las ciudades, se levantan los países, pero nada de todo eso llega a su corazón apagado. Poco a poco, empieza a grisear su cabeza; ya no queda más que una sombra tímida, un fantasma del ser agradable que fue un día. Y tambaleante, marcha por las calles de Tubinga, escarnecido por los muchachos, rodeado de estudiantes que se burlan de él, estudiantes que no supieron ver aquel espíritu apagado tras la envoltura trágica del cuerpo. Hace ya tiempo que nadie se acuerda de Hölderlin. Un día, a mediados del siglo, Bettina -que una vez lo saludo como a un dios- oye decir que el poeta arrastra su vida serpentina en casa de un honrado carpintero y se horroriza ante él como si fuera un emisario del Hades, tan extraño lo encuentra para el presente, tan remoto suena ya su nombre, tan olvidada está su magnificencia. Y el día que se acuesta para morir, su muerte no tiene en Alemania más importancia que la caída de una hoja ya marchita por el otoño. Algunos obreros lo llevan a la tumba envuelto en raída mortaja; miles de páginas que escribió durante su vida se dispersan entonces o algunas son guardadas negligentemente, cubriéndose de polvo años y más años en las bibliotecas. Durante toda una generación quedó sin ser leído el heroico mensaje del último, del más puro de la pléyade sagrada”.

Pido perdón a ustedes, amables lectores, por semejante cita, bastante extensa pensarán algunos, del genial Stefan Zweig, para mostrar ante vuesas mercedes, el dolor y los lamentos que debieran provocar estas inmejorables palabras que describen una época cargada de dolor, de tristeza, pero también de esperanza.

Si, mutatis mutandis, pensáramos y comparásemos este terrible “año de la peste” y su ola de mortandad, miedo, inseguridad, incertidumbre, desesperanza o indefensión, no dudaríamos que las palabras de tan magnífico biógrafo son inmejorables y que nos enseñan, clara y prístinamente, que dolor y esperanza son inseparables. No podríamos suponer que hablar de la “locura” y la “genialidad”; de la “frustración” y “confianza”, es innecesario. Nos acompañan como sombra inapelable, desde ese entonces, hasta ahora.

Dejo aquí, para cerrar esta segunda colaboración de esta serie, a pesar de haber prometido que serían dos partes, espacio para la poesía de Hölderlin y para, ahora sí, cerrar la serie con una tercera colaboración.

 

«Himno a la Libertad»

 

Ante las propias puertas del Orco canté a la alegría

y a las Sombras enseñé la embriaguez,

pues, favorecido entre tantos, apercibí

en toda su divinidad a mi diosa.

Como el piloto que tras oscura noche mira

al océano que se empurpura,

como los bienaventurados contemplando los bosques elíseos,

así te admiro yo, oh adorada maravilla.

 

Águila y halcón han plegado sus alas, respetuosos,

olvidados del polvo que los forma.

A la diosa precede una pareja de leones conducidos

con lazos tachonados de diamante.

Ágiles torrentes impetuosos se detienen,

-igual mi corazón- mudos de miedo y de delicia;

los audaces hijos de Bóreas se han desvanecido,

la tierra ya es un templo.

 

En recompensa a mi leal devoción,

la diosa me ha tendido su diestra.

Penetrados por una fuerza mágica,

mente y corazón, embellecidos, aclámanla.

Las palabras de la que juzga a los monarcas

resuenan para siempre en mi alma,

resuenan para siempre por todas partes.

Escuchad, Espíritus, lo que dice vuestra madre:

 

«Titubeando entre las olas del antiguo caos,

jubilosa y sin freno, como las sacerdotisas de Baco,

y engañada por el suelto atrevimiento de mi juventud,

me creía dueña de la Libertad.

Pero el conflicto de los elementos desencadenados

acarrearía la hora fatal;

mi voluntad recurrió entonces al Infinito

y concluyó con él una alianza fraternal.

 

Mi voluntad no destruye la vida endeble

ni el audaz coraje, ni el gozo restallante.

A todos acuerdo el derecho de amar,

cada cual puede hacer suyo lo que amor impone.

Libre y arrogante, en su marcha inmutable,

la fuerza infinita sigue su vasto curso;

impulsada por la dulce necesidad de amar,

la debilidad se busca un refugio en el gran universo.

 

¿Acaso podría un gigante mutilar mi águila?

¿O un dios quebrar mis rayos orgullosos?

¿El decreto de un tirano haría retroceder el mar?

¿O la trayectoria de los astros?

Sin que lo marchiten los ídolos que inventa,

fiel al pacto inmutable que ha concluido,

y fiel a las santas leyes del amor,

el universo desarrolla en libertad su vida sagrada.

 

Satisfechas de su justo esplendor,

las centelleantes armas de Orión

no fulminarán jamás a los fraternos Tíndaros.

El mismo Leo los saluda amistosamente

Dichoso de su divina suerte -propagar alegría-

Helios, dulce y tranquilo

envía en una sonrisa a la tierra que ama

vida joven y fastuosos beneficios.

 

Sin que lo marchiten los ídolos que inventa,

fiel al pacto inmutable que ha concluido,

y fiel a las santas leyes del amor,

el universo desarrolla en libertad su vida sagrada.

Sólo un ser, uno solo, ha caído;

lleva el estigma de una vergüenza infernal.

Capaz de optar por las más bellas empresas,

el hombre se arrastra bajo un abyecto yugo.

 

¡Ay! ¡Era el más divino de los seres!

No lo acuses, Natura, tú que supiste permanecer fiel.

Pues como promesa de una cura más que maravillosa,

lleva también la marca de una fuerza heroica.

Vamos, resplandece ya, hora de la Creación nueva,

ven a sonreírnos, dulce edad de oro,

y que en esta alianza hermosísima que nada modifica,

el Infinito te celebre.»

 

Hermanos, ¿cuándo llegará ese tiempo?

¡En el nombre de aquellos que engendramos para la vergüenza,

en el nombre de nuestras reales esperanzas,

en el nombre de los bienes que colman el alma,

en el nombre de esta fuerza divina, herencia nuestra,

y en el nombre de nuestro amor, hermanos míos,

reyes del mundo hecho, despertad!

 

¡Dios de los Tiempos! bajo un cielo cargado tus alas

nos traen, consoladores, un poco de frescura.

Nos gusta ver que dulces imágenes de rosa

nos sonríen en el camino desierto y espinoso.

Cuando ni sombra de gloria de los antepasados queda

y se hunde el último vestigio de libertad,

mi corazón vierte lágrimas amargas

y se refugia en el mundo más bello de sus sueños.

 

Todo cuanto fue presa del tiempo

florecerá de nuevo mañana, más hermoso;

la primavera nacerá de la destrucción

tal Uranio naciendo entre las olas.

Cuando las pálidas estrellas inclinan su cabeza,

Hyperión resplandece en su trayecto heroico.

Continuad pudriéndoos, esclavos; días de libertad

se alzarán sonrientes sobre vuestras tumbas.

 

Antaño, la Justicia en llanto encontró asilo

en los austeros palacios de Minos.

Y ahora, vedla enlazar con maternal ternura

a los hijos leales de la tierra.

¡Ah, los manes de los divinos Catones

están triunfando en los campos Elíseos,

la juventud blande arrogantes insignias en tropel,

el templo de la Gloria se abre a los ejércitos.

 

Los benevolentes dioses ya no esparcen

su generosidad sobre el orgullo indolente;

los sagrados campos de Ceres colman de dones

más dulces aún a la segadora morena,

y en la viña inflamada resuena

más fuerte, más animado el vocerío alegre de los vendimiadores.

Nunca rozados por el ala de la Preocupación,

los seres de alegría se dilatan y sonríen.

El Amor baja de lo alto del cielo;

el coraje viril y la nobleza del corazón renacen.

Tú, hija de la edad ingenua, dulce Simplicidad,

nos entregas el tiempo de los dioses.

Triunfa la fidelidad. Por salvar a sus amigos,

los héroes caen semejantes a majestuosos cedros,

y los salvadores de la patria se encaminan

triunfalmente hacia un mundo mejor.

 

¡Que tal día mis despojos, ya para entonces

encerrados en estrecha morada, puedan dormir en paz!

Me basta con haber probado del cáliz de la esperanza,

con haber saboreado la dulce aurora.

Así es como en lo lejano sin nube

veo brillar este nombre sagrado: Libertad.

Así, con vosotros, astros soberanos,

se oirán de mi laúd acordes más solemnes.