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El Camino de la Vida: Anosmia y Ageusia. Olfato y Gusto

Sobre los conceptos que se hicieron de universal conocimiento luego de la pandemia del covid-19; no sólo habla de los dos padecimientos sino de los sentidos a los que se asocian

POR: J. Enrique Álvarez Alcántara, Visitas: 162

Publicado: 25/11/21 09:45

 

A Jesús Ramírez-Bermúdez

Francisco González-Crussí

 

Anosmia y ageusia son dos términos que antes de la “Era de la peste” —léase epidemia y pandemia de covid-19, presente durante ya casi los dos últimos años de este siglo XXI– inusualmente se utilizaban o se conocían. Sin embargo, la conciencia universal sobre la existencia de la competencia—no sólo humana— para identificar los olores y sabores es patrimonio de nuestra cultura y conocimiento.

La nariz y la lengua —ambas en la cabeza y, particularmente, en el rostro, lo mismo que los ojos y los oídos— han ocupado espacio dentro de los intereses nos únicamente intelectuales, sino también dentro de la representación estética, literaria, cinematográfica y, en sentido amplio, cultural.

Las manos han sido, sin duda, el otro lugar trascendente del interés cultural y, humanamente considerado, estético, afectivo-emocional y, desde luego, creador de cuanto existe, social y culturalmente hablando.

Wilder Penfield (neurocirujano de origen estadounidense fallecido en Montreal), como sabemos, configuró un modelo representacional de la organización en la corteza cerebral de la actividad sensorial y motriz, a la cual se le conoce como el “Homúnculo de Penfield”. Éste “Homúnculo”, ante los ojos de quienes le miramos es una figura deforme que posee una proporción mayúscula o superlativa de los genitales, los pies, las manos —particularmente el dedo pulgar—, los ojos, la nariz, los labios y la lengua. Es decir, la cara y las manos ocupan un espacio enorme dentro de este modelo.

Esto que he descrito es conocido, sin embargo sobre el olfato y el gusto, cotidianamente, no solemos reparar. Si bien la ceguera y la sordera han sido objeto de representaciones diversas y son ampliamente conocidas, la anosmia y la ageusia poco o nada se consideran.

A no ser por el “levantón” que les dio la presencia de la “Era de la peste”, no habría lugar para hablar de ellas o para escribir este ensayo.

El olfato y el gusto, como dos de los sentidos que nos permiten acceder a dos modalidades distintas de información exteroceptiva, ocupan en nuestra vida cotidiana un lugar importante; sin ellos no tendríamos consciencia plena de la existencia de los olores y los sabores; sin los olores y los sabores, nuestra experiencia culinaria, alimenticia y nutricional, quedarían en un lugar plano.

La evolución de nuestra especie, entre otras especies del reino animal, no hubiera llegado al lugar que ocupamos sin la presencia de estos dos sentidos sub o infravalorados.

Pero no únicamente ello; la emoción y la memoria, la orientación y la movilidad en la organización espaciotemporal del mundo, la estructuración de nuestras relaciones afectivas y sentimentales, la expresión de nuestras emociones serían incomprensibles sin la presencia de estos dos sentidos.

Otra vez, Wilder Penfield fue el artífice de un modelo representacional que nos enrostró, así nomás, cara a cara, con la inevitable resonancia de estos dos sentidos en la organización del córtex cerebral. A saber: el famosísimo “Homúnculo de Penfield”.

Desafortunadamente este modelo quedó encorsetado dentro de los baremos de una vida académica. En los espacios de la vida cotidiana pasó inadvertido.

Por otro lado, en el interior de la psicopatología, la neuropatología, neuropsicología o neuropsiquiatría, las alteraciones de cualquiera de estos dos sentidos, o ambos, ocupó el lugar de los denominados trastornos, alteraciones, síndromes o enfermedades “raras”, por no decir carentes de importancia e interés teórico o clínico.

En el corpus de términos que suelen ser utilizados para describir o explicar estos eventos y su expresión fenomenológica aparece muy marginalmente tiene unas cuantas líneas a modos de definición. Empero, nada más.

Afasias, agnosias, apraxias, amnesias, alexias, acalculias, anorexia, abulia, anhedonia, entre otros más, tendrán, sin duda, un espacio de mayor trascendencia y extensión que del cual disponen los conceptos de ageusia, anosmia, amusia o miembro fantasma.

Tal vez, quizás, la literatura nos ha aportado una aproximación a estas cuestiones casi subrepticiamente.

Recordemos tan sólo dos obras literarias que abordan los dos extremos del fenómeno de la olfacción.

Primero, la famosa novela de Patrick Süskind, El Perfume (1984), dedicada a una competencia sobredimensionada o superlativa para reconocer y “guardar en la memoria” una cantidad impresionante e inimaginable de aromas u olores, pese a carecer del recurso léxico para referirlos o nombrarlos; al decir del neurólogo británico Oliver W. Sacks, entre los eventos que se ocultan a la mirada de los profesionales de la clínica y de las personas “comunes y corrientes” podemos hallar el fenómeno de los “excesos” de ciertas competencias, entre ellas los casos de Jean-Baptiste Grenouille —personaje central de la obra de Süskind—, de Irineo Funes —referido en uno de los cuentos de Jorge Luis Borges—, o el de Solomon Shereshevsky —tratándose de una de las  notables figuras de los trabajos publicados por Alexander R. Luria.

Como el mismo Oliver Sacks señala, las “pérdidas” han interesado más. De ahí que los prefijos “A” o “Dis” aparezcan en la mayoría de los conceptos que refieren trastornos. Para el caso de los excesos, que también acarrean consecuencia psicológicas y neuropsicológicas, no hay términos claros. Ya sería un exceso pensar en términos para el mundo de “los simples”, descrito igualmente por Sacks.

Bluma W. Zeigarnik adiciona otra omisión que se “atendió” con una traslación abusiva de los modelos diseñados para explicar y comprender las alteraciones observadas en los adultos hacia las atribuciones de “trastornos” en los recién nacidos y en los menores. Es decir, que se optó por aplicar el término utilizado para describir lo observado en los adultos y lisa y llanamente se les adicionó la palabra infantil; de esta manera se habla de neuropsicología infantil, neuropatología infantil, neuropsiquiatría infantil, afasia infantil, psicosis infantiles, etcétera.

Esto refleja una idea que omite la noción del desarrollo como diferente a la noción de trastorno, disolución, desintegración, qué sé yo.

Aquí, enmarcados en este arnés los conceptos de amusia, anosmia o ageusia eran prácticamente imperceptibles.

Segundo, Marta Tafalla, en su interesante libro Nunca sabrás a qué huele Bagdad (2010), narra, en primera persona, fenomenológicamente, las consecuencias y el impacto que provocó en ella el hecho de haber nacido sin la competencia olfatoria y, por ello, vio disminuida su capacidad gustativa. Esto es, el hecho de adolecer de una anosmia congénita.

Asimismo, bajo otro nivel de exposición, Jonah Lehrer, en el libro Proust y las neurociencias, una visión única de ocho artistas fundamentales de la modernidad (2010), presenta a Auguste Escoffier y, a través de él, nos muestra “la esencia del gusto” y del arte de la cocina.

Como vemos pues, no es irrelevante tratar esta cuestión.

Más allá de definiciones de este talante:

Anosmia. Pérdida de la capacidad para reconocer olores, producida por un daño cerebral. Es un tipo de agnosia olfatoria.

Ageusia. Pérdida de la capacidad para reconocer sabores, producida por un daño cerebral o un trauma psicológico. Es un tipo de agnosia gustativa.

Parece que toda vez que atravesamos, aún sin concluir la senda, la “Era de la peste”, tales definiciones muestran su incompletitud pues ahora sabemos que la noción de “daño cerebral” es insuficiente para comprender y explicar tales eventos y que como síntoma del covid-19 se aprecia como transitoria. Así que podemos organizar la anosmia y la ageusia como: congénita, adquirida o postraumática, transitoria o permanente. Y, todavía más, faltaría considerar la disminución de tales competencias.