El té de ruda de mi abuelita
Solo cuidamos lo que amamos, solo amamos lo que conocemos y solo conocemos lo que nos es enseñado. Baba Dioum
Por: Patricia Ortega Múgica, Visitas: 11250
De los dolores físicos más fuertes que experimenté de niña, los cólicos menstruales fueron los más intensos y, a veces, incapacitantes. Durante las vacaciones de verano de 1981, en casa de mis abuelitos maternos, una tarde permanecí postrada en cama, en posición fetal, por estos dolores. Mi abuelita, mujer de pocas palabras, se acercó con una bebida verde caliente. —¡Tómala!— me dijo. Reconocí el aroma, aunque nunca lo había probado. A traguitos pasaba el fuerte sabor amargo sin lograr terminar aquella infusión, pero a los pocos minutos el dolor del bajo vientre cedió, me sentí aliviada y agradecida. Aquel día, mi abuelita, con esa taza de té de ruda, me mostró su amor y cuidado, pero también me obsequió su conocimiento sobre esta planta medicinal sin mediar palabras. En su patio de tierra ella tenía, de forma silvestre, ruda, árnica, epazote y hoja santa; sus aromas me acompañan cargados de recuerdos, afecto y gratitud.
Muchos años después, en una escena que cruza generaciones, un día encontré a mi hija tendida en la cama por cólicos menstruales; entonces evoqué aquella tarde con mi abuelita. Minutos después, llevaba entre mis manos una taza de bebida verde humeante, té de ruda, que entregué a mi hija, y con algunas palabras más que las dichas por mi abuelita, le dije: “Toma un poco, te hará bien”.
En alguna ocasión, aquejada por malestares ginecológicos que los medicamentos de patente no lograban erradicar, acudí con una herbolaria del mercado más cercano a mi casa. La mujer, una anciana pequeña y delgada, me recomendó usar árnica hervida con un poco de vinagre. Ese mismo día esperé a que llegara la noche y seguí las indicaciones de la herbolaria; sin embargo, mientras hervía el árnica, un deseo de mezclar más aromas me llevó a cortar unas ramas de romero y las agregué a la infusión. La fragancia emanada en vapor me incitó a preparar una suerte de puesta en escena para sumergirme en una tina con el agua verde caliente. Como en un viaje al centro de la Tierra, me hundí en un té que respiraba, donde mi cuerpo en calma se volvía hoja. Al día siguiente abrí los ojos descansada y sin molestias. Sin duda, el conocimiento sobre plantas que aquella mujer poseía y compartía había resuelto el malestar de manera “sencilla”, tomando un camino más orgánico, menos invasivo y mucho más económico que los tratamientos ginecológicos de la medicina alópata no lograron superar. Agradecí con el corazón a las plantas y a la herbolaria por su saber compartido.
Podría seguir contando mis encuentros y experiencias con el árnica y otras plantas, pero esas memorias pueden esperar. Hoy solo quiero decir que en mi jardín crecen las mismas hierbas que conocí de niña en la casa de mi abuelita, como si estas plantas hubieran encontrado el camino “de regreso a casa”. Antes de plantarlas, guardo silencio y agradezco a la tierra por abrirse y por permitir que cada raíz halle su sitio. Confío en que “se den”, en que resistan el cambio al trasplantarlas y que no se marchiten. Después comienza una dulce y atenta espera. Miro cada día su lenta transformación, casi imperceptible, y en esa observación el tiempo se expande. Aprendo que cada una pide un suelo distinto, una medida propia de sol y de agua.
Con los años, ellas me han enseñado a mirar sin prisa. Me han mostrado que no existen dos plantas iguales, ni siquiera entre las que comparten nombre; que habita en ellas una fuerza ancestral para seguir viviendo, pero que su destino en mi jardín depende, en gran parte, de mi cuidado, del amor sin urgencia, de confiar en que la vida hará su parte, pero que mi humilde presencia aporta algo y que el regalo más bello es contemplar su brote y percibir sus aromas como quien escucha un secreto.
Decía mi abuelito materno: “Si quieres ver a Dios, contempla la naturaleza, ahí está”. Nuestra responsabilidad es comprenderla, amarla, cuidarla y agradecerla. Pensar en una relación mutua, viva y enriquecedora entre los seres humanos y las plantas parece una utopía, pero al mismo tiempo una tarea imprescindible hoy más que nunca. Si muchas de las plantas nos curan, ¿por qué nosotros no correspondemos su generosidad?, ¿acaso nos llaman y no escuchamos el equivalente a nuestros llantos?, ¿acaso sentimos su sed en estos tiempos de temperaturas extremas?
Conectar con las plantas medicinales no se limita a una mística intangible; todo lo contrario: es conectar con su diversidad de formas, texturas, aromas, sus propiedades terapéuticas y su singularidad que asombra. La relación plantas-humanos no nace de una sublimación ingenua de la naturaleza, sino de una convivencia ancestral y profunda que revela una red interdependiente, desarticulando la narrativa occidental de supremacía humana. Reconocer esta relación permitirá labrar un futuro compartido que solo puede sostenerse con conocimiento, cuidado y una ética de coexistencia.
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