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Risas para resistir a la violencia

El humor producto de la acción reflexiva nos permite pensar las violencias y resistir a ellas

Por: Adriana A. Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 621

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Es bien sabido que, pese a los esfuerzos para reducir las cifras de la violencia contra las mujeres en México, estas no disminuyen. De acuerdo con datos de ONU Mujeres, para 2023 fueron asesinadas en promedio diez mujeres al día en nuestro país. Si bien, infringir la muerte es la cúspide de la violencia contra una persona y, el feminicidio en particular, es la última escalada de violencia contra las mujeres (o casi la última, si consideramos la revictimización en que en ocasiones incurren autoridades y medios de comunicación al difundir material gráfico de las víctimas post mortem o cuando contribuyen a la construcción de narrativas que las culpan por la violencia que vivieron), existen decenas de formas de violencia que las mujeres experimentan en su vida cotidiana: violencia económica y patrimonial, violencia vicaria, acoso sexual, discriminación, doble/triple jornada de trabajo, ninguneo institucional, explotación en el trabajo de cuidados, explotación afectiva, infidelidad, abandono en la crianza y manutención de los(as) hijos(as), desaparición, tráfico sexual, desigualdad salarial…  

 

Si bien cada la mujer vive estas violencias de distintas formas (los recursos económicos de que se disponga pueden marcar una gran diferencia, por ejemplo) y algunas están más expuestas que otras, la violencia sigue siendo una constante cuando de ser mujer en México se trata. Pese a este terrible y desalentador panorama, sorprende sobremanera que las mujeres resistan individual y colectivamente, desde sus trincheras, con sus recursos, muchas de ellas atravesadas por diversos ejes de desigualdad. Parecería imposible afirmar que el miedo, frustración, enojo, tristeza e impotencia que producen estas violencias puede transformarse en recursos útiles para resistir.

 

Pero no es imposible. El humor tiene el potencial de hacernos transitar entre emociones y de transformarlas. Por supuesto, está el humor simplón que lucra con el sufrimiento de quienes están en desventaja; ese humor que no cuestiona las estructuras de poder, más bien se beneficia de ellas; un humor cómodo que sirve para reproducir y legitimar las violencias; un humor, además, falto de creatividad, porque, ¿qué de nuevo tiene burlarse de quienes siempre han sido objeto de burlas? ¿qué de nuevo tiene que quien ocupa una posición de poder se burle de alguien en situación de vulnerabilidad?

 

Pero también hay otro humor, aquel que es crítico y toma postura para erguirse herramienta que devela y señala las violencias que se ejercen desde aquellos que ostentan el privilegio. Ese humor que nace de la propia experiencia de la violencia, que nace del dolor, de la impotencia, de la injusticia, de las lágrimas, de la rabia. Las mujeres que hacen humor desde una postura crítica hacia las violencias machistas han demostrado que las risas incomodan a los agresores, los incomodan mucho. Incomodan tanto que quienes se sienten interpelados acusan que “ya no se puede hacer chistes de nada” y que están siendo “cancelados” por ser “políticamente incorrectos”. Curioso que piensen que la incorrección política significa hacer los mismos chistes de siempre, que ser “incorrecto” es sinónimo de hacerle la chamba al poder.

 

Aquello que hace reír a una sociedad es una especie de barómetro social (Huerta, 2019), es decir, nos da pistas sobre las creencias de una sociedad, sus temores, sus preocupaciones… Que las mujeres rían entre ellas y, más aún, se rían de quien las violenta, incomoda a los agresores, pero también nos incomoda socialmente ya que cualquier cosa que altere el estado de las cosas incomoda de alguna manera, sobretodo si no nos detenemos a preguntarnos por qué. La pregunta es ¿qué hacemos con ese estado de incomodidad? Las mujeres humoristas que desafían al poder nos invitan a combinar el goce de las risas con la construcción de preguntas que desafían nuestras creencias y nuestra tendencia a normalizar la violencia. Es en la incomodidad donde muchos quieren salir huyendo, empleando las vacías frases del “están locas”, “exageran”, “ya no se les puede decir nada”, “generación de cristal”, “tan solo es un chiste” … pero es también ahí donde otras personas deciden hacerse preguntas de fondo. 

 

Incomoda que las personas subordinadas socialmente se rían de quienes se ríen de ellas porque es una afrenta directa en la que se invierte –aunque sea por un momento– la relación de poder. Los agresores se incomodan cuando se ríen de ellos porque se saben objetos de la burla, cuando que están acostumbrados a ser los sujetos que se burlan de los demás (a quienes ven y tratan como objetos). Se incomodan al ver que la violencia ejercida mediante sus chistes misóginos, racistas y clasistas pierde poder, que la función pedagógica de su violencia ya no funciona.  

 

Como herramienta discursiva, el humor permite a los grupos subordinados socialmente decir cosas que no les es autorizado decir “en serio”, pues hacerlo les supone un riesgo y fuertes costes sociales (rechazo, acoso, amenazas, más violencia, entre otras). El humor nos permite hablar de lo que nos duele. Nombrar la emoción es conectar con ella y con la carga social alojada en la palabra. Nombrar, conectar y reflexionar permiten transformar parte del dolor; nos permiten pensar las violencias desde otro lugar.

 

Esa transformación es un acto creativo del sujeto, es una expresión de su capacidad para utilizar los recursos que tiene a la mano (como lo pueden ser sus emociones) para lograr ciertos fines (Mahmood, 2019). Al reflexionar las emociones que produce la violencia desde otro ángulo, se las gestiona y en ese proceso se les da una utilidad. Ya no solo se está triste, temerosa o avergonzada (emociones que suelen paralizar y neutralizar la acción), también, se siente rabia e indignación (emociones que, al pasar por un proceso reflexivo, suelen ser movilizadoras). 

 

A través del stand up, los memes, películas de comedia, canciones, performances y otros productos culturales, las mujeres han ido traduciendo en clave humorística las distintas emociones dolorosas derivadas de la violencia que conocen en carne propia o a través de otras. Estas “adaptaciones humorísticas” coadyuvan a resistir material y simbólicamente a algunas de las violencias que las atraviesan. Y es que, además, hay que recordar que la violencia y sus efectos sobre la víctima tienen una función pedagógica y de disciplinamiento (Segato, 2018), es decir, cumplen la función de “enseñarle” a la víctima, quién tiene el poder; de “educarle” para el sometimiento y el sufrimiento. Por ello, reír de quien ejerce la violencia es una forma, aunque sea breve, de invertir la relación de poder, de mostrar los absurdos de quien violenta y de ejercer el derecho al goce que la violencia le niega a quien la padece. 

 

Por supuesto, el humor tiene límites. Hay violencias de las que no podemos reír… y qué bueno que no podamos. Pero alrededor de estos temas imposibles, se pueden burlar, reflexiva y críticamente, las estructuras sobre las que descansan la desigualdad, la injusticia y el abuso de poder. Reír en la cara del poderoso es un acto de rebeldía y de resistencia.

 

Fuentes consultadas:

Huerta, A. (2019). El chongo peruano. Antropología del humor popular. Perú. Mitin Editores. 

 

Mahmood, S. (2019). Teoría feminista y el agente social dócil: algunas reflexiones sobre el renacimiento islámico en Egipto. Papeles del CEIC, International Journal on Collective Identity Research, (1), 1.

 

ONU Mujeres México. (25 de noviembre de 2023). La prevención de la violencia contra las mujeres y las niñas es la clave hacia un mundo más igualitario, seguro y próspero. Consultado el 1 de marzo de 2024. Disponible en: https://mexico.unwomen.org/es/stories/comunicado-de-prensa/2023/11/la-prevencion-de-la-violencia-contra-las-mujeres-y-las-ninas-es-la-clave-hacia-un-mundo-mas-igualitario-seguro-y-prospero

 

Segato, R. (2018). Contra-pedagogías de la crueldad. Argentina, Prometeo Libros.

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