Tiempos Modernos: PISA, 15 años de un problema sin resolver
México obtuvo sus resultados más bajos en matemáticas desde 2006, mientras la desigualdad socioeconómica, el uso de tecnología y los problemas de convivencia plantean nuevos desafíos para la educación.
Por: Masiosare, Visitas: 95
México volvió a aparecer por debajo del promedio de la OCDE en matemáticas, lectura y ciencias. Otra vez. Y, como siempre, el debate público se llenará de acusaciones al gobierno en turno, como si la educación fuera una máquina que se ajusta cada sexenio y no un sistema que tarda décadas en mostrar resultados. PISA 2025 no es un juicio al actual gobierno; es un espejo que refleja 15 años de decisiones, omisiones y desigualdades. Y ese espejo, como era de esperarse, no favorece a nadie.
Los estudiantes evaluados hoy comenzaron su educación básica en 2012, su secundaria en 2019 y su bachillerato en 2022. Pasaron por tres administraciones federales, dos modelos curriculares, reformas docentes, cambios en libros de texto, la pandemia y una desigualdad estructural que no depende de un sexenio. Pretender que los resultados de PISA son responsabilidad exclusiva del gobierno actual es una lectura simplista, útil para el debate político, pero inútil para entender el problema real.
El dato más duro está en matemáticas: 388 puntos, el nivel más bajo desde 2006. Solo 30% de los estudiantes alcanzó el nivel mínimo de competencia. Dicho sin anestesia: siete de cada diez jóvenes mexicanos no pueden resolver problemas matemáticos sencillos. En lectura, México obtuvo 408 puntos; en ciencias, 414. La mitad de los estudiantes no alcanza el nivel básico. Y lo más preocupante: casi no hay jóvenes en los niveles altos de desempeño. México no solo enseña poco; enseña poco a todos.
Pero aquí viene el punto que casi nunca se discute: los números de PISA no son absolutos. No significan “México vale 388 en matemáticas”. Significan algo más complejo: qué tan capaces son los estudiantes de usar lo que saben, qué tan bien pueden razonar, qué tan preparados están para resolver problemas reales. Los puntajes son una foto, no una explicación. Y esa foto siempre debe leerse con contexto.
Entre 2015 y 2025 aumentó la proporción de jóvenes de 15 años que permanecen en la escuela. PISA evalúa hoy a una población más amplia y diversa. Eso baja promedios, pero también revela algo importante: más jóvenes están dentro del sistema, aunque el sistema no esté logrando que aprendan lo necesario. La desigualdad sigue siendo el principal predictor del desempeño: los estudiantes con mayores ventajas socioeconómicas obtienen 68 puntos más en ciencias que los más desfavorecidos. No es un problema de aula; es un problema de país.
A esto se suma un nuevo desafío: la tecnología. 47% de los estudiantes mexicanos usa chatbots de inteligencia artificial al menos una vez por semana para investigar, resumir información o elaborar trabajos. La IA ya está dentro del salón de clases, pero no necesariamente dentro del aprendizaje. Acceder a respuestas rápidas no equivale a pensar mejor, y el sistema educativo mexicano no ha encontrado aún cómo enseñar a usar la tecnología sin sustituir el razonamiento.
El clima escolar tampoco ayuda. Solo 27% de los estudiantes está en escuelas donde se prohíbe el uso de celulares, frente al 49% de la OCDE. Muchos reportan ruido, desorden, interrupciones constantes. La escuela mexicana enfrenta rezagos académicos y, además, problemas de convivencia que afectan la concentración y el aprendizaje.
Y aun así, PISA muestra algo luminoso: 83% de los estudiantes mexicanos cree que puede contribuir positivamente al medio ambiente y 85% quiere protegerlo en su futuro laboral. En varios indicadores de responsabilidad social, México supera el promedio de la OCDE. Es decir: los jóvenes tienen disposición, interés y sentido de responsabilidad, incluso cuando el sistema no logra acompañarlos.
PISA 2025 no es una condena, pero sí un llamado. México necesita una política educativa que deje de girar en torno a reformas curriculares, disputas ideológicas y cambios de libros de texto, y que se concentre en lo esencial: que los estudiantes aprendan. Que aprendan a pensar, a interpretar, a resolver problemas, a usar la tecnología sin depender de ella, a construir conocimiento y no solo a copiarlo.
La educación no puede pensarse en números absolutos porque los puntajes son solo una parte —importante, sí, pero parcial— de una realidad mucho más compleja. Pero tampoco puede seguir pensándose como un campo de batalla político donde cada sexenio se culpa al anterior. PISA nos recuerda, una vez más, que estamos lejos de donde deberíamos estar. Y que la única forma de avanzar es dejar de mirar la educación como una gráfica de la bolsa y empezar a verla como lo que es: el futuro del país.
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