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La defensa de Rubรฉn Rocha Moya ya no solo genera polรฉmica: comienza a convertirse en un costo polรญtico para Morena. - Foto: Especial

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Respaldar a Rocha Moya podrรญa arrastrar a Morena a una crisis de percepciรณn y desgaste rumbo al proceso electoral.

Por: Jaime Luis Brito, Visitas: 48

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Uno de los mayores riesgos de defender al exgobernador de Sinaloa Rubén Rocha Moya —y a los otros personajes incluidos en la lista difundida por autoridades estadounidenses— no es solo la torpeza política. Es algo más profundo: la contaminación por cercanía. En un país donde la línea entre sospecha y certeza se ha vuelto delgada, defender a quien acumula evidencias en su contra es una forma de decir: “si cae él, caemos todos”.
Y ese es el problema.
Porque cuando las señales son tantas, tan públicas y tan reiteradas, la defensa deja de ser lealtad y se convierte en complicidad narrativa.
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La presidenta Claudia Sheinbaum ha pedido “pruebas”. Pero las pruebas —o al menos los indicios contundentes— ya estaban ahí:
*El propio Rocha Moya declaró en campaña que en Sinaloa “o pactas con el crimen o no llegas al cargo”. (Hay video)
*Participó en una reunión donde, según versiones judiciales, los hijos de Joaquín Guzmán Loera habrían “entregado”secuestrado” a Ismael “El Mayo” Zambada para entregarlo a autoridades estadounidenses.
*El propio Mayo afirmó que esa reunión ocurrió a convocatoria del entonces gobernador.
No es poca cosa. No es rumor. No es invento mediático. Es información que circula desde hace años y que ahora se reactiva en una corte de Nueva York. Y no hay que olvidar que en la justicia estadounidense no importan las pruebas, sino la narrativa que se crea con hechos, rumores, señalamientos.
Defender a Rocha Moya en estas condiciones no es prudencia política: es un acto de negación voluntaria.
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Cuando un partido decide proteger a figuras con señalamientos tan graves, ocurre lo inevitable: la sospecha se vuelve colectiva. Y se alimenta a quienes hacen de la calumnia su forma de existir.
“Es muy fácil que se les coloque en la misma canasta a tirios y troyanos.”
Y sí. Porque cuando el pragmatismo se vuelve norma —como ocurrió en el sexenio de López Obrador—, las fronteras éticas se diluyen. Junto a figuras históricas de la izquierda se colocó a personajes con vínculos evidentes con grupos de interés, cacicazgos locales y estructuras criminales.
Esa mezcla explosiva hoy le estalla a Morena en la cara.
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La salida lógica sería una purga interna. No moralina. No purista. Pragmática. Un pragmatismo como el de López Obrador, pero a la inversa, ahora para deshacerse del lastre. En 2017-2018 se sumó todo lo que parecía sumar. Hoy lo importante es restar.
Entregar a Rocha Moya y a quienes resulten responsables sería políticamente rentable. Sería un mensaje claro: “no vamos a cargar con muertos ajenos”.
Pero no va a pasar.
Porque Morena se acostumbró a la lógica de la unidad a toda costa. Y esa unidad, cuando se sostiene sobre silencios, termina costando más que cualquier ruptura.
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Si el gobierno federal no actúa con rapidez, ocurrirá lo previsible:
*los señalamientos se multiplicarán,
*la sospecha se extenderá a otros gobernadores, (y ya leímos señalamientos sin fundamento ayer)
*cualquier acusación —fundada o no— encontrará terreno fértil,
*la narrativa de “todos son iguales” se consolidará.
Y en política, la percepción pesa más que la evidencia.
Estados Unidos lo sabe. Por eso opera así: lanza la acusación, deja que el ruido haga su trabajo y observa quién se quiebra primero.
México, en cambio, se mueve “como en cámara lenta”. Y en cámara lenta, cualquier golpe pega más fuerte.

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