Una extraña enemiga: El sesgo se hace miedo
Reflexiona sobre una falacia y un sesgo involucrados en la polémica sobre la inclusión de mujeres trans en la categoría “mujer”
Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 8563
La semana pasada, una mujer trans fue expulsada por una policía del vagón exclusivo para mujeres en el Metro de la Ciudad de México. Más que un hecho aislado, refleja cómo un prejuicio puede disfrazarse de preocupación por la seguridad de las que sí se legitima socialmente como mujeres, es decir, de aquellas que, dada la concordancia entre su identidad de género y su sexo biológico, se les avala como portadoras de la categoría mujer (o si lo dijéramos en lenguaje machista: “las mujeres de verdad”). Este tipo de exclusiones ocurren también con otros cuerpos que se interpretan como peligrosos ya sea por motivos de identidad, de clase social o de etnicidad. Sin embargo, cuando se trata de la identidad de género, el asunto cobra un matiz particular pues el género es uno de los sistemas normativos de la vida humana más profundos.
El asunto del Metro cobró relevancia mediática y en redes sociales se pudo observar una avalancha de comentarios al respecto. El argumento se repite: “Las mujeres trans son biológicamente hombres y, por tanto, un riesgo para las mujeres”. Quienes lo sostienen creen que hablan desde la razón de la ciencia bio-genética, sin embargo, subyacen sesgos profundos. El primero es la falacia de generalización apresurada,1 el cual consiste en tomar un caso —real o inventado— y usarlo para condenar a todo un grupo. La verdad es que la mayoría de quienes ofrecen este argumento nunca ha convivido cotidianamente con una mujer trans, pero eso no impide que construyan un cierto temor.
A esto se suma el sesgo de disponibilidad,2 el cual ocurre porque nuestra mente da más peso a lo que recuerda fácilmente, sobre todo si es impactante. Un titular sobre un delito cometido por una persona trans vale, para muchas personas, más que cientos de historias invisibles de mujeres trans agredidas. Así, lo anecdótico se impone sobre lo real: si consultamos las estadísticas, éstas muestran que las mujeres trans son, de forma desproporcionada, víctimas y no agresoras.
Este razonamiento también biologiza la violencia: la atribuye a los genitales y a que todo lo leído como “hombre” representará una amenaza inevitable. Además, como lo acabo de exponer en este último enunciado, unifica sexo y género como si fueran la misma cosa. Por supuesto que gran mayoría de las violencias que sufren las mujeres son ejercidas por hombres, pero ¿nos alcanza la biología para afirmar que los hombres son violentos por naturaleza? Con ese razonamiento se borran identidades e intersecciones, delegando todo el asunto a la biología y afirmando que ésta porta inevitablemente la violencia y que nada más de lo que le atraviesa a esa persona influye para que dicho destino cultural se vea alterado. Es decir, se biologiza la cultura. Mediante este procedimiento, se reduce un fenómeno por demás complejo al simple binomio “hombre violento versus mujer víctima”.
El vagón exclusivo nació para resguardar a quienes enfrentan acoso que, para el caso de una cultura machista como la nuestra, incluye a cualquier cuerpo leído como femenino; lo cual, por supuesto, incluiría a hombres trans cuyos cuerpos sigan siendo vistos como cuerpos feminizados por algún marcador de género (tono de voz, estructura corporal, entre otros). Las desigualdades de género (incluidas las violencias) no descansan en la diferencia biológica, sino en la jerarquización cultural de esa diferencia. ¿Existe posibilidad de que una mujer trans agreda a otra mujer? Por supuesto. ¿Es una regla? No. ¿Es probable? Las estadísticas dicen que la probabilidad es muy baja. ¿Nuestra biología nos inscribe en un guión cultural del género? Sí. ¿Es nuestra biología la única variable que participa en ello? Definitivamente no. A mi juicio, cuando se expulsa a una mujer trans, lo que se defiende no es la seguridad, sino un prejuicio que decide quién merece protección frente a la violencia machista y quién no.
Fuentes:
[1] Aristóteles. Refutaciones sofísticas.
[2] Amos Tversky y Daniel Kahneman (1973) en Availability: A Heuristic for Judging Frequency and Probability.
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