Las más de 22 mil denuncias por violencia contra las mujeres registradas en un año en Morelos reflejan una realidad que durante décadas permaneció oculta. La visibilidad del problema, la respuesta institucional y el cambio cultural son claves para enfrentar una violencia que sigue siendo parte de la vida cotidiana. - Foto: Especial
Tiempos Modernos: Lo que duele y lo que somos
Las cifras de violencia contra las mujeres en Morelos obligan a mirar de frente una realidad que ya no puede ocultarse. Más allá de los números, cada denuncia representa una historia que exige justicia, atención y transformación social.
Por: Jaime Luis Brito, Visitas: 60
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En un año, en Morelos, se presentaron más de 22 mil denuncias por violencia contra mujeres. Veintidós mil. Dicho así, rápido, parece una cifra más. Pero si la dividimos, son 60 denuncias diarias. Una cada 24 minutos.
La gobernadora Margarita González Saravia lo dijo durante la presentación de Morelos por la Seguridad: es una cifra “terrible”. Y lo es. Pero también es una cifra reveladora. Porque obliga a preguntarnos algo que incomoda: ¿la violencia está creciendo… o por fin la estamos viendo?
¿Más violencia o más visibilidad?
La respuesta no es sencilla. La tecnología —los videos, las cámaras, los celulares— nos ha puesto frente a escenas que antes ocurrían en silencio: golpes, amenazas, persecuciones, intentos de feminicidio, agresiones en la calle, en la casa, en el trabajo, en la escuela. Hoy lo vemos todo. Y lo que vemos es brutal.
Pero no confundamos la visibilidad con la novedad. La violencia contra las mujeres siempre estuvo ahí. Solo que antes (y todavía) se escondía (se esconde) bajo los eufemismos son:
*“problemas de pareja”,
*“asuntos privados”,
* “cosas de familia”,
*“ella lo provocó”,
*“así es él”.
Hoy ya es más difícil de esconder. Aunque el problema es que en muchos espacios se minimiza, pero al menos se ve. Y eso, aunque duela, es un avance.
La violencia no es “de unos cuantos enfermos”
Hay una frase que repetimos para tranquilizarnos: “son unos cuantos”. “son casos aislados”. “son hombres enfermos”.
No. No son unos cuantos. No son casos aislados. Y no son enfermos. Son hombres socializados en un modelo de masculinidad que nos enseñó que:
*el control es amor,
*los celos son cuidado,
*la fuerza es autoridad,
*la mujer es propiedad,
*la violencia es un recurso,
*la culpa es de ellas.
Ese modelo no lo inventaron los criminales. Lo reproducimos todos. En la casa, en la escuela, en el trabajo, en la calle, en los chistes, en los silencios, en los grupos de WhatsApp.
La violencia contra las mujeres no es ajena a nosotros. Es parte de lo que hemos sido como sociedad. Y por eso es tan difícil desmontarla.
El Estado tiene que actuar… porque si no, nada cambia
La gobernadora lo ha dicho en distintas formas, creo que es algo que en realidad todos sabemos: si el Estado no actúa, la vida de las familias no va a cambiar. Y es cierto.
Porque la violencia contra las mujeres no se combate solo con discursos. Se combate con:
*ministerios públicos que sí atienden,
*policías que sí llegan,
*jueces que sí protegen,
*refugios que sí existen,
*medidas de protección que sí funcionan,
*agresores que sí son detenidos,
*sentencias que sí se cumplen.
La violencia es cultural, sí. Pero también es institucional. Y si las instituciones no funcionan, la cultura no cambia.
La parte que más incomoda: los hombres y el miedo a perder lugar
Hay algo que casi nadie dice en voz alta: muchos hombres sienten que están perdiendo espacio. Que ya no pueden “ser como antes”. Que ya no pueden controlar, decidir, imponer, callar, exigir. Y cuando un grupo siente que pierde poder, reacciona. A veces con resistencia. A veces con burla. A veces con violencia.
No es casualidad que, en medio del avance de los derechos de las mujeres, la violencia haya aumentado en su visibilidad y en su crudeza. No es casualidad. Es reacción. Y si no lo entendemos, no podremos cambiarlo.
La violencia exhibida no basta: necesitamos el cambio cultural
La denuncia es necesaria. El castigo es indispensable. La visibilidad es inevitable. Pero nada de eso será suficiente si no ocurre lo más difícil: el cambio cultural. Ese cambio en el que:
*agredir a una mujer no sea motivo de orgullo,
*controlar no sea sinónimo de amar,
*la fuerza no sea identidad,
*la violencia no sea normal,
*la masculinidad no sea un arma.
Ese cambio no lo hará el Estado solo. Lo tenemos que hacer nosotros. Los hombres. Los que crecimos en un modelo que nos formó para dominar, no para convivir.
Conclusión
Las 22 mil denuncias no son solo un número. Son un espejo. Uno que no nos gusta ver. Pero si lo evitamos, nada cambia. Si lo enfrentamos, algo puede empezar a moverse. La violencia contra las mujeres no es un accidente. Es una construcción. Y todo lo que se construye, se puede desmonta
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