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Donald Trump - Foto: Doug Mills/The New York Times

Una extraña enemiga: Cuando la moral de un solo hombre reemplaza a las instituciones

Afirmar públicamente que la moral personal es el límite del propio poder, no es simple provocación retórica

Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 390

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El pasado miércoles, Donald Trump declaró que “su poder como comandante en jefe está limitado solo por su ‘propia moralidad’” (Sanger, Pager, Rogers y Kanno-Youngs, 2025). Y aunque pudiera sonar inmoral, la verdad es que expone una inminente realidad: el peso de las instituciones ya no es suficiente para que este tipo de afirmaciones sean impronunciables.

 

Que ningún líder está por encima de la ley es hoy, más que nunca, una ficción. Y quizá desde hace tiempo lo venía siendo, pero hasta hace poco era una ficción sostenida por presiones y sanciones que, por lo menos, exigían disimular frente a la comunidad internacional; pero hoy no, ya no es necesario. Dicen que está “envalentonado” y pues sí, lo que Trump verbaliza es una muestra de que ya no hay mediaciones del poder como las conocimos en la segunda mitad del siglo XX: ni tratados, ni organismos multilaterales, ni consensos. Hoy estamos a expensas de voluntades individuales, a expensas de la autopercepción ética personal.

 

Esta forma de poder está pasando de ser una anomalía para convertirse en la normalidad. Pero, ¿cuáles son las condiciones de posibilidad para que la excepción se vuelva la regla? Una puede ser  el declive en la credibilidad de las instituciones multilaterales de posguerra, las cuales fueron gradualmente coptadas por intereses particulares –nacionales en primer momento, corporativos a nivel global, después– .

 

Otra causa, sea tal vez la normalización del cinismo político y la doble moral. Basta mirar al interior de la política nacional para disponer de un largo listado de acciones y declaraciones que resultan burlonas y ofensivas, pero frente a las cuales, rara vez le sigue una consecuencia de justa dimensión. De hecho, la “funa” se ha vuelto una estrategia publicitaria acudiendo a la consigna de “no importa que hablen mal de ti, lo importante es que hablen”. El cinismo acumulado ha erosionado la legitimidad de las normas, pero ha dado vida y presencia a muchos personajes que se jactan de ser políticos. Lo que Trump hace ahora es que se preocupa poco o nada por aparentar.

 

Otro motivo es que existe una parálisis social, donde se combina una falta de deseo por hacer algo con la imposibilidad de hacerlo. Quienes quieren, no pueden. Quienes pueden, calculan que no les conviene. Quienes no pueden, pero tampoco quieren –que posiblemente sean los más– pocas veces se cuestionan el por qué de ambas condiciones, y no porque no tengan la capacidad de hacerlo, sino porque constantemente somos domesticados para no preguntarnos cosas. Las crisis económicas y de seguridad, por ejemplo, son fundamentales para delinear los deseos de masas (basta pensar en el alivio contradictorio que nos genera la militarización de la seguridad pública en nuestro país).

 

Podemos colocarle una infinidad de adjetivos a cada cosa que hace y dice Donald Trump; “inquietante” es uno de ellos. Sin embargo, algo igual o más inquietante es la relativa calma con la que nos vamos habituando a su inquietante proceder. Esa calma quizá no es solo indiferencia, sino síntoma; es algo que indica que estamos viviendo en un mundo donde la destrucción de las instituciones no necesita golpes deslumbrantes. Basta con que alguien poderoso declare que ya no las necesita, y que nadie esté en condiciones —ni tenga la voluntad— de oponerse.

 

Fuentes

Sanger, D., Pager, T., Rogers, K. y Kanno-Youngs, Z. (8 de enero de 2025). Trump expone una visión del poder limitada solo por ‘mi propia moralidad’. The New York Times. Disponible en: https://www.nytimes.com/es/2026/01/08/espanol/estados-unidos/trump-vision-poder-limites.html

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