Una extraña enemiga: necesitamos ciencia social en tiempos de opinión en redes sociales
Tenemos libertad de opinar, pero con ello, la responsabilidad de pensar
Por: Adriana Figueroa Muñoz Ledo, Visitas: 456
Opinar nunca fue tan fácil como ahora. Un encabezado, un video sacado de contexto o una consigna emocional son suficientes para que miles de personas tomen postura sobre conflictos profundamente complejos y opinen al respecto. Así, por ejemplo, el caso de la irrupción de Estados Unidos en Venezuela lo muestra: en redes sociales, un proceso histórico, político y regional se reduce rápidamente a juicios automáticos.
El problema no son las opiniones como tal, sino la ilusión de que toda opinión vale lo mismo o que todas gozan de misma (ir)relevancia. Muchas opiniones que circulan con supuesta neutralidad –y quizá hasta inocencia–, reproducen esquemas coloniales, como aquellos que literal o implícitamente sostienen que algunos países son incapaces de autogobernarse, por lo que ciertas intervenciones externas son inevitables e incluso deseables. Opinar es válido, pero hacerlo sin herramientas analíticas no es un acto inocente (aunque tal vez sí inconsciente): en el escándalo que producen las redes sociales, la historia, las contradicciones y las disputas locales quedan invisibilizados frente a narrativas cómodas, fácilmente compartibles y, con mucha frecuencia, polarizadas.
Además, no opinamos en el vacío: los espacios digitales están diseñados para reforzar lo que ya creemos y alejarnos de lo que no creemos/queremos (la conocida metáfora de la “caja de resonancia”). Los algoritmos nos devuelven versiones cada vez más extremas de nuestras convicciones, reduciendo la posibilidad –y con ello, nuestra capacidad– para no estar de acuerdo. En realidad, más que dialogar, reaccionamos; en lugar de comprender y analizar, confirmamos. El riesgo, lo sabemos, es la radicalización del debate público, pero también, el no reconocimiento de que la realidad social casi nunca (o nunca) acontece de manera simple, ni es unicausal ni, al tratarse de conflictos, estos responden a soluciones inmediatas.
Aquí es donde las ciencias sociales son necesarias. A diferencia de las opiniones express, la mirada desde estas disciplinas no ofrecen respuestas rápidas ni afirmaciones tranquilizadoras; pero sí ofrecen contexto, historicidad y la posibilidad de entender que toda toma de postura tiene consecuencias. La opinión sin análisis no se queda en el plano enunciativo: orienta decisiones, legitima y normaliza acciones.
Si los análisis carecen de complejidad, la política se vacía de sentido. Quizá el desafío no sea opinar menos, sino construir opiniones con mayor responsabilidad política. Echar mano de las ciencias sociales para construir una opinión es como consultar a un profesional en medicina antes de consumir un medicamento; y no hacerlo, es como automedicarse, creyendo que el sentido común alcanza para asuntos tan relevantes.
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