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El contraste entre la organización del Mundial 2026 y la crisis de desapariciones que enfrenta México, cuestiona las prioridades políticas en un contexto marcado por la violencia y la impunidad. - Foto: IA

Tiempos Modernos: El Mundial y el país que busca a sus desaparecidos

Mientras México se prepara para recibir uno de los eventos deportivos más importantes del mundo, la columna Tiempos Modernos pone sobre la mesa la realidad de miles de familias que continúan buscando a sus seres queridos desaparecidos.

Por: Jaime Luis Brito, Visitas: 76

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México será sede del Mundial 2026. Un evento gigantesco, caro, espectacular, diseñado para las cámaras, para el turismo, para la FIFA y para los gobiernos que necesitan presumir modernidad. Pero mientras se levantan estadios, se remodelan avenidas y se preparan ceremonias, miles de familias mexicanas siguen buscando a sus desaparecidos. Y otros miles exigen justicia por asesinatos, feminicidios, desplazamientos, extorsiones y violencias que no se detienen ni por un minuto.
La pregunta es inevitable: ¿qué significa organizar un Mundial en un país donde la gente cava con sus propias manos para encontrar a sus muertos?
El Mundial como espectáculo… y como distracción
Los Mundiales siempre han sido un negocio privado con costos públicos. FIFA se queda con los derechos, los patrocinios, la imagen global. Los países sede se quedan con:
*la deuda,
*los sobrecostos,
*la infraestructura ociosa,
*la gentrificación,
*la militarización temporal,
*y la factura política.
Brasil 2014 dejó estadios vacíos y protestas masivas. Sudáfrica 2010 dejó deuda y desigualdad. Qatar 2022 dejó miles de trabajadores muertos. Ningún Mundial ha mejorado la vida de la población local.
Pero en México el riesgo es mayor, porque aquí el Mundial llega en medio de una crisis humanitaria.
Un país que busca a sus desaparecidos mientras se prepara para recibir turistas
Mientras se planean fan fests, zonas VIP y remodelaciones, más de 100 mil personas siguen desaparecidas. Las madres buscadoras trabajan sin descanso, sin recursos, sin protección. Las fiscalías están rebasadas. Las carpetas se acumulan. Las fosas clandestinas siguen apareciendo.
Y aun así, el discurso oficial insiste en que el Mundial traerá “unidad”, “alegría”, “derrama económica”.
Pero ¿qué unidad puede haber en un país donde miles de familias viven en duelo permanente? ¿Qué alegría puede ofrecer un evento deportivo cuando la justicia no llega? ¿Qué derrama económica puede compensar la ausencia de un hijo, de una hija, de un padre, de una hermana?
El Mundial como cortina de humo
El riesgo no es solo económico. Es político.
Un evento de esta magnitud reordena la agenda pública. Durante meses, todo gira en torno a:
*seguridad para turistas,
*imagen internacional,
*infraestructura,
*protocolos FIFA,
*ceremonias,
*discursos,
*marketing.
Y mientras tanto, los temas urgentes —los verdaderamente urgentes— quedan relegados:
*desapariciones,
*feminicidios,
*violencia criminal,
*desplazamiento forzado,
*corrupción,
*impunidad.
El Mundial funciona como un gigantesco reflector que ilumina lo que conviene y deja en sombra lo que incomoda.
El costo humano de la “ciudad vitrina”
Las ciudades sede suelen transformarse para “verse bien” ante el mundo. Y esto puede implicar que haya desalojos de personas, aumento de las rentas, desplazamiento de personas, expulsión del comercio informal (única opción económica “lícita” para miles de familias), aumento de la militarización y también zonas de exclusión comercial para proteger a patrocinadores.
En México, donde la desigualdad urbana ya es profunda, esto puede agravar la fractura social. La ciudad se adapta al Mundial, no al revés.
Y mientras se embellecen avenidas, hay colonias enteras sin agua, sin transporte digno, sin seguridad, sin servicios básicos.
El contraste moral
Hay un contraste que duele: mientras FIFA exige estadios impecables, zonas exclusivas, exenciones fiscales y seguridad reforzada, las familias que buscan a sus desaparecidos no tienen ni palas, ni gasolina, ni protección.
Mientras se invierten millones en infraestructura temporal, las comisiones de búsqueda trabajan con presupuestos mínimos.
Mientras se garantiza seguridad para turistas, hay regiones enteras donde el Estado no entra.
Mientras se organiza un espectáculo global, las víctimas siguen esperando justicia.
El Mundial no es el problema… pero sí es un síntoma
El problema no es el futbol. El problema es la prioridad política.
Un país que no ha resuelto su crisis de violencia, desapariciones e impunidad no debería estar organizando un evento que exige recursos, atención y narrativa.
Porque el Mundial no solo distrae. También normaliza la idea de que todo está bien, de que somos un país funcional, de que podemos recibir al mundo sin mirar nuestras heridas.
Pero no está bien. Y no podemos seguir fingiendo.
Conclusión: el país real y el país del espectáculo
México vive en dos planos:
*el país del espectáculo, que se prepara para el Mundial,
*y el país real, donde miles buscan a sus desaparecidos.
El primero tiene estadios, ceremonias, discursos y cámaras. El segundo tiene fosas, carpetas de investigación, marchas y silencio.
El Mundial pasará. La herida quedará.
Y la pregunta seguirá ahí, incómoda, urgente, inevitable:
¿qué país queremos ser: el que organiza espectáculos o el que busca a sus desaparecidos?

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