Lina Hernández, madre buscadora de Morelos, enfrenta un cerco policial durante la inauguración del Mundial. La imagen se convirtió en símbolo del contraste entre la fiesta deportiva y la crisis de desapariciones que vive México. - Foto: Hugo Salvador
Tiempos Modernos: La imagen que debería perseguirnos
La fotografía de una madre buscadora frente a un cerco policial durante la inauguración del Mundial se convirtió en símbolo de un país que prioriza el espectáculo sobre la crisis de desapariciones.
Por: Jaime Luis Brito, Visitas: 74
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Hugo Salvador, fotoperiodista de El Universal, publicó en sus redes sociales la fotografía que dio pie a esta columna. La imagen es brutal en su sencillez: Lina Hernández, una de las buscadoras más tenaces de Morelos, plantada frente a un muro de granaderos que —según el discurso oficial— ya no existían. Pero ahí estaban, formados, alineados, listos para impedir que un grupo de madres llegara al Estadio Azteca en las horas previas a la inauguración del Mundial.
Lina busca a su hija, Mireya Montiel, desaparecida hace más de una década. La he visto descender acantilados a rapel, subir cerros sin descanso, confrontar a funcionarios de todos los niveles con una fuerza que solo da el amor y la rabia. Y verla ahí, detenida por un cerco policial que protegía un estadio, una fiesta, un espectáculo global, dice más sobre México que cualquier discurso presidencial.
Porque mientras el país se prepara para recibir al mundo con estadios remodelados, operativos de seguridad y propaganda de unidad nacional, las madres buscadoras siguen buscando solas. Y cuando intentan acercarse al lugar donde se concentra la atención internacional, el Estado responde con vallas, escudos y encapsulamientos.
Crónica de un país que prefiere el espectáculo a la verdad
El miércoles pasado, colectivos de buscadoras de distintos estados avanzaron por Calzada de Tlalpan con fotografías, mantas y fichas de búsqueda. Querían llegar al Estadio Azteca para recordar lo que México intenta esconder bajo la alfombra del Mundial: más de 133 mil personas desaparecidas.
Pero el operativo “Última Milla” —ese eufemismo que suena a logística deportiva pero huele a contención política— les cerró el paso. Tres cercos de seguridad, camiones atravesados, vallas metálicas, policías antimotines. La orden era clara: ninguna protesta debía acercarse al perímetro del estadio.
Las madres avanzaron como siempre: con dignidad y cansancio. Algunas lograron burlar los cercos cruzando puentes peatonales o tomando carriles contrarios. Otras fueron encapsuladas. En un momento, varias subieron a patrullas para intentar avanzar. Y en medio de esa escena, Lina, con su foto al pecho, enfrentó a los granaderos que, según Claudia Sheinbaum, habían desaparecido hace años. Pero ahí estaban, como si nada hubiera cambiado.
Las consignas eran un golpe seco: “México es campeón en desapariciones.” “La pelota vuelve a casa… ¿y nuestros hijos cuándo?”
Mientras tanto, unas horas después, los aficionados caminaban hacia el estadio con camisetas nuevas, cervezas en mano, listos para la fiesta. Dos países coexistiendo en la misma calle: el del espectáculo y el de la tragedia.
El contraste que debería avergonzarnos
La Secretaría de Seguridad Ciudadana justificó el operativo como necesario para garantizar el acceso de los asistentes. La Comisión de Derechos Humanos habló de “colisión de derechos”. Y la Secretaría de Gobernación insinuó investigar quién financió el traslado de algunas madres, como si la legitimidad de su dolor dependiera de un boleto de autobús.
Pero la verdad es más simple: México protege mejor un estadio que a sus desaparecidos.
Protege mejor un espectáculo que a las mujeres que buscan con sus propias manos lo que el Estado no ha querido encontrar.
Protege mejor la imagen internacional que la memoria de quienes faltan.
La imagen que debería perseguirnos
La fotografía de Hugo Salvador no es solo un registro. Es una metáfora del país: una madre que busca a su hija frente a un muro de policías que protegen un estadio.
Es la imagen que debería abrir todos los noticieros, no la fiesta inaugural. Es la imagen que debería indignarnos más que cualquier marcador. Es la imagen que debería recordarnos que, mientras el mundo mira el futbol, México sigue excavando su propio dolor.
Y sin embargo, aquí estamos: celebrando goles, ignorando fosas, aplaudiendo espectáculos, encapsulando madres.
México es campeón, sí. Pero no en futbol. En desapariciones.
Y parece que no hay nadie que pueda —o quiera— detenerlo.
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