Nombrar es ejercer poder. Por eso, defender la X de México es defender una identidad que sobrevivió a la Colonia. - Foto: Especial
Tiempos Modernos: México con J y otros fantasmas coloniales
La polémica por quienes insisten en escribir “Méjico” reabre un debate que va más allá de la ortografía: la permanencia de las heridas coloniales y la disputa por quién tiene el poder de nombrar.
Por: Jaime Luis Brito, Visitas: 63
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Todo comenzó con una escena que, en cualquier otro país, sería un chiste menor. Pero aquí no. Una señora española vino a México a rendirle homenaje a Hernán Cortés —como si eso fuera normal en 2026— y declaró que nuestro país debería escribirse con J. Sí, “Méjico”. Como si el nombre de un país fuera plastilina fonética que cualquiera puede moldear según su nostalgia imperial.
Luego, unos locutores españoles hicieron lo propio: se burlaron, corrigieron, pontificaron. Y aquí, claro, dolió. ¿Por qué? Porque la herida sigue abierta.
No es solo la Conquista. Son trescientos años de colonia, de imposición, de saqueo, de evangelización forzada, de jerarquías raciales que aún respiramos. Y aunque Europa hoy se vista con discursos de derechos humanos, justicia y civilización, la verdad es que el ánimo colonial nunca se extinguió. Solo se volvió políticamente incorrecto. Si no colonizan hoy es porque no pueden, no porque no quieran.
Pero esta columna no es sobre Cortés ni sobre la señora que quiso “corregirnos”. Es sobre los nombres de los países. Sobre quién los dice, quién los impone y quién los defiende.
El nombre que usamos y el nombre que usan
México se llama oficialmente Estados Unidos Mexicanos. Ese es el nombre constitucional. Pero el mundo nos conoce como México, con X, con esa grafía que viene del náhuatl y que sobrevivió a la castellanización.
Y aquí está el punto: los países casi nunca se llaman a sí mismos como el mundo los llama. Los exónimos —los nombres que otros nos ponen— son herencias de comercio, colonización, traducciones fallidas o simple comodidad lingüística.
Veamos algunos casos.
China
Nombre oficial: Zhōnghuá Rénmín Gònghéguó (República Popular China).
Nombre interno: Zhōngguó, “el Reino del Centro”.
Nombre internacional: China. Un exónimo europeo que nada tiene que ver con cómo se nombran ellos.
Japón
Nombre oficial: Nippon o Nihon, “origen del sol”.
Nombre interno: Nihon en la vida diaria, Nippon en lo formal.
Nombre internacional: Japón. Un invento portugués derivado del chino.
India
Nombre oficial: Bhārat Gaṇarājya (República de la India).
Nombre interno: Bhārat o Hindustán.
Nombre internacional: India. Un nombre europeo derivado del río Indo.
Egipto
Nombre oficial: Jumhūrīyat Miṣr al‑ʿArabīyah (República Árabe de Egipto).
Nombre interno: Miṣr o Maṣr.
Nombre internacional: Egipto. Un exónimo griego que viene de Aígyptos.
Entonces, ¿por qué nos duele tanto que quieran escribir “Méjico”?
Porque no es un debate lingüístico. Es un acto político. Es la sombra de un imperio que cree que puede seguir nombrando lo que ya no le pertenece. Es la memoria de un país que fue nombrado, clasificado y gobernado desde afuera durante tres siglos. Es la sensación de que, para algunos europeos, seguimos siendo una provincia perdida que debería agradecer la corrección ortográfica.
Cuando una española dice que México debería escribirse con J, no está hablando de fonética. Está diciendo: “Yo decido cómo se llama tu país.” Y eso, en un país con historia colonial, duele.
El nombre como territorio
Los nombres importan porque son territorio simbólico. Porque nombrarse es existir. Porque defender la X de México es defender una raíz indígena que sobrevivió al imperio. Porque aceptar que otros nos renombren es aceptar que otros nos definan.
Y porque, aunque el mundo nos llame México, nosotros sabemos que el nombre completo es Estados Unidos Mexicanos, un recordatorio de que somos una federación, no una marca turística.
Conclusión: los nombres no son inocentes
China no se llama China. Japón no se llama Japón. India no se llama India. Egipto no se llama Egipto. Y México no es Méjico. Ni lo será.
Los nombres que usamos para los países son huellas de historia, de poder, de imposición. Por eso duele. Porque no es la letra. Es la memoria.
Y porque, aunque algunos en España crean que pueden seguir corrigiendo a América, lo cierto es que ya no tienen imperio, pero sí nostalgia. Y la nostalgia, cuando se mezcla con arrogancia, siempre intenta renombrar lo que ya no controla.
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